La tranquilidad que transmite Kérkyra –Corfú capital, para los amigos– se multiplica en el resto de la isla. Bordeando la costa hacia el sur te recomendamos una parada con sabor corfiota en Moraitika. Los olivos campan a sus anchas en este pintoresco enclave, luminoso y tranquilo, y acercarte a sus restos romanos, subir a la iglesia Vieja o contemplar el Jónico desde Bella Vista, una de sus tabernas, te reconcilia con los placeres de la buena vida. Estos son (algunos de) los motivos que seguro te enamoran de este apacible rincón de Grecia.
El discreto (y correcto) patrimonio


No vas a encontrar un derroche de monumentos en este enclave, pero los pocos que hay te sorprenderán. Como los Antiguos Baños Romanos de la calle central –la 23–, un recinto arqueológico gratuito que conserva los restos de sus muros y un tanque semicircular. Y subiendo la colina, en el casco antiguo, dos joyas escondidas: la iglesia antigua –Agios Dimitris– y la nueva –iglesia de la Dormición de María–, con su campanario y unas vistas de lujo.
El encanto de las tabernas


Como el resto del país, Moraitika está volcada con el turismo, una invasión que aplasta la vida local y aumenta la gentrificación. Aún así, la localidad se niega a ser expulsada de su propia tierra y ha sabido mantener el auténtico sabor de sus locales fetiche, las tabernas, y ofrecer a los viajeros justamente lo que siempre han sido: un pequeño restaurante familiar donde saborear comida casera y de kilómetro cero, sin prisas y en torno a una buena charla.


En la pequeña cuadrícula del pueblo encontrarás de todo: desde los platos de cocina de autor –con granja propia e ingredientes ecológicos y locales– de The Rose Garden hasta el clásico gyros –y mousaka, souvlaki…– de Rani’s Dream Food. Subiendo hacia la parte antigua del pueblo nos gustan The Village Taverna –con 45 años a sus espaldas– y Bella Vista Taverna –prueba el stifado y el pastitsio–, ambas con vistas únicas sobre el Jónico.
Los buenos alimentos


Además del yogur, el kumquat –una especie de naranja enana de la que Corfú produce 140 toneladas anuales– y el café –que aquí tiene su especial ritual y es casi una liturgia–, el gran ingrediente autóctono de Moraitika es el aceite de oliva. Puedes disfrutar todas sus variedades –incluida la preciada kalamata– en Family Greek Olive Oil and more, todo un santuario, o aliñando alguna tapa mientras te refrescas con una Mythos, la suave cerveza local.
La vida junto al agua


Al igual que en toda Grecia, en Moraitika el agua es un elemento fundamental. La encontrarás en formato río en el Messonghi, el tranquilo cauce que traza la frontera entre la localidad del mismo nombre y Moraitika, un entorno perfecto para caminatas y paseos en barco. Y también en el mar, con unas cuantas playas sobre el Jónico, encabezadas por la de Moraitika, que combinan arena dorada y grava fina y que ofrecen muy poca pendiente.
La fábrica de recuerdos


Para escapar de los consabidos imanes, bolígrafos y camisetas –aunque las estampadas con un vocabulario básico griego-español son muy interesantes– apostamos por comprar artesanía local, auténtica y, sobre todo, tan útil como las esponjas naturales, famosas por ser fuertes, flexibles e hipoalergénicas. Otra opción son los iconos ortodoxos –la mayoría, centrados en San Espiridón, patrón de la isla–, pintados a mano sobre madera y pan de plata u oro.
El gusto por el buen vivir


Lejos del ajetreo y la (a veces) masificación de Corfú, el gran activo de Moraitika es su autenticidad. Verás el temperamento mediterráneo a la hora de colocar un par de sillas en una parada de autobús en obras, y el gusto por la buena vida en charlas espontáneas a la entrada de un comercio; y todo, en escenarios muy pintorescos que llevan su propio ritmo, repletos de gatos callejeros, muros con buganvilla, aroma a higueras y, de fondo, el azul del Jónico.
La imagen que abre el texto es Bella Vista Taverna | EVG

